Expoelearning 2009

El 19 y 20 de Marzo, como ya había comentado por aquí, se celebró en Barcelona Expoelearning 2009. Como formador freelance no tenía muy claro si ir, porque parecía un evento más dedicado a las empresas que a los profesionales libres, pero gracias a un hueco en mi agenda y a las facilidades dadas por la organización (tengo que darle mil gracias a Cristina por las atenciones) finalmente hice el petate y me planté allí, un día tarde pero a tiempo para la segunda jornada de congreso. Vaya por delante, por esto, que mi visión del acontecimiento es incompleta.

Efectivamente no me había equivocado y la orientación del congreso iba más hacia el uso corporativo del e-learning, pero no por ello dejé de sacar provecho a mi incursión. El programa invitaba claramente a asistir a la Moodleparty, un evento de presentación y discusión de aspectos básicos y novedades de la plataforma Moodle. Aunque me llamaba, temí que se tratara de algo más dedicado a quienes no conocen ese LMS (luego me enteré de que hubo hueco para todo), así que opté por «aprender haciendo» con los seminarios prácticos a cargo de tres expertos. Como siempre, hubo de todo, pero me parecieron particularmente útiles los planteamientos de Íñigo Babot -cuyo libro tengo pendiente de lectura- y Javier Martínez Aldanondo, que además de tratar sendos temas que nunca pasan de moda (la formación por competencias y el conocimiento crítico) fueron también muestra de cómo plantear un taller que aproveche el aprendizaje colaborativo. Sin duda lo mejor del día.

La tarde se reveló un parcial chasco, porque las intervenciones del virtualcampus en el que me metí oscilaron entre lo interesante y lo directamente aburrido. Destacaría el intento del profesor Antonio Nazzaro -seguro de que nadie le hará ni caso- por convencer a quien monte una red en un centro propio de que haga hincapié en la seguridad; y la charla de Toni Martínez, de la UOC, que me ha hecho mirar el Windows Media Center con otros ojos (o, directamente, mirarlo, porque aparte de saber que existía no le había dedicado ni un minuto). Tampoco estuvo mal el planteamiento del mundo virtual que están construyendo en esa misma universidad, que aunque habrá que ver cómo termina viene a subrayar la tendencia al v-learning, y sólo por eso ya me resultó atractiva.

Aparte de las experiencias concretas y las afortunadas oportunidades de networking, salí del evento con una sensación ambivalente, más satisfecho que no, pero temiendo haberme perdido alguna charla revolucionaria y deseando que hubiera un poco más de hueco expreso para los formadores como yo. Difícil, claro, cuando los que mueven el invento son las organizaciones; sin embargo, bastantes veces me sentí un paso por delante de lo que me contaban… Eso sí, cualquiera que haya ido buscando un LMS a medida, estaba en el sitio adecuado.

Seguramente repetiré el año que viene, porque no quiero dejar pasar la posibilidad de escuchar esa conferencia que me hará ver algo nuevo de verdad. Esta vez sólo ha ocurrido a ratos, pero creo que es motivo suficiente para estar contento. No todo van a ser revoluciones.

¿Y a ellos, qué tal se les ha dado?

Hablaba el otro día de las herramientas de evaluación del desempeño para el formador, y hoy le toca el turno a la valoración de los alumnos. De nuevo, la mayor parte de las veces tendremos cuestionarios y demás proporcionados por el cliente, pero encuentro que es útil hacer un repaso por cuenta propia para ver si los objetivos que definimos (o que nos venían dados si es el caso) se han cumplido o no. Salvo circunstancias especiales (boicot, selección desastrosa, desidia…), es responsabilidad nuestra alcanzar esas metas.
Obviamente no pretendo pasar un examen adicional. Se trata más bien de, una vez en casa y con las zapatillas puestas, analizar si puedo estar satisfecho del grado en que los asistentes han asimilado lo que pretendía:

  • Conocimientos: ¿Manejaban con soltura el vocabulario introducido? ¿Hacían preguntas para profundizar en la materia? ¿Fue necesario repasar conceptos básicos constantemente? ¿Eran capaces de sintetizar lo visto? ¿Hacían deducciones a partir de lo aprendido?
  • Saber hacer: ¿Se finalizaban con éxito las actividades prácticas? ¿Sugerían casos a los que extender la aplicación de lo aprendido? ¿Eran progresivamente más autónomos en la ejecución?
  • Actitudes: ¿He notado entusiasmo? ¿Se han implicado en las actividades? ¿Han aportado ideas? ¿Han hablado espontáneamente de cómo trasladarán lo aprendido a su quehacer diario?

Una breve comprobación de estas cuestiones permite ver de forma sistemática -aunque seguramente poco fiable, desde luego- si las cosas han ido bien, o hace falta alguna reflexión adicional. Cruzando estos datos con los obtenidos de la evaluación de nuestra labor podemos cubrir virtualmente cualquier hueco y resolver si tenemos o no que tomar alguna medida correctora. Si las conclusiones negativas son frecuentes, es posible que necesitemos replantear nuestra adhesión a los objetivos. ¿Tenemos claro cuáles son antes de comenzar? ¿Llevamos la materia a un terreno no pertinente? ¿Marcamos metas definidas, alcanzables y evaluables? ¿La formación que hemos impartido permite responder a las preguntas de arriba, sea positiva o negativamente?

Huelga decir que tenemos que ser honestos con nosotros mismos. Cuando somos nuestros propios jueces, no es un riesgo desdeñable el no querer ver nuestros fallos o quitarles importancia, atribuir el fracaso a causas externas y no controlables y quitarnos de encima la responsabilidad de corregirnos.

De feria en feria

Dentro de menos de un mes tiene lugar la feria Expoelearning, dedicada a profesionales de la formación vía Internet. He asistido alguna otra vez a eventos similares -el último fue Expomanagement 2008, dedicado a la gestión de personas y RRHH-, y desde luego fue interesante… pero no sé si tanto como para compensar el gasto. Desde luego, las conferencias por sí solas no suelen valer lo que cuesta la entrada, por más que algunas sean excelentes. Pagas por la oportunidad del networking, por supuesto, que nunca viene mal, pero creo que buscándose la vida se puede acceder a según qué contactos en otras circunstancias y con mejor ratio coste/resultados (como, por ejemplo, Personal España, de la que he sabido hoy por el blog de Senior Manager y sobre la que estoy indagando).

Sé que si voy le sacaré partido, lo disfrutaré y encontraré razones para justificar el desembolso (entre el viaje a Barcelona, el alojamiento y la inscripción, es una factura a tener en cuenta), pero es que soy fácil de contentar :). Cuando me suelto en un macroevento cualquiera soy como un crío en una fiesta, y temo que mi facilidad para ilusionarme me nuble el juicio a la hora de valorar si efectivamente paga el tiro.

Por eso agradecería opiniones racionales (es decir, de cualquiera que no sea yo) que me pongan los pies en la tierra y me ayuden a decidir si, efectivamente, es una buena idea acudir a estos saraos, sin el sesgo de mi bendito entusiasmo. Más aún teniendo en cuenta que en Julio está EduLearn09, también en BCN, que es de otro estilo (investigación educativa en general) pero también me hace tilín…

¿Es grave? ¿Puede uno hacerse adicto a estos saraos enormes? ¿Están sobrevalorados y hago el tonto yendo de uno a otro?

¿Qué tal se me da esto, en realidad?

Una de las cosas que tengo en cuenta permanentemente como profesional es la calidad del servicio que presto. Los clientes -consultoras, empresas receptoras de formación, instituciones- proporcionan, por norma, algunas herramientas de evaluación, por lo común cuestionarios que valoran la actuación del formador a partir de las opiniones de los asistentes al curso. Además, corresponde determinar el aprendizaje de conocimientos y capacidades que se ha producido y hasta qué punto los alumnos serán capaces de aplicarlo, quizá incluso realizar un seguimiento o un diseño comparativo y puede que hasta el impacto económico, dependiendo de nuestra implicación en el programa de formación.

Si actuamos como freelances para distintas empresas, el seguimiento que podremos hacer de los resultados puede que no sea suficiente como para sacar conclusiones fiables sobre qué tal lo hemos hecho. Por eso considero importante contar con mi propio cuestionario para pasarlo en cada uno de los cursos que imparto, si es posible a todos los participantes. Esto me permite mantener un archivo personalizado sobre el que poder hacer análisis de mis puntos fuertes y débiles (un DAFO en toda regla, vamos) y ver mi evolución a lo largo del tiempo, comprobando si las enmiendas, correcciones y mejoras que voy haciendo en mi técnica tienen o no impacto sobre la percepción de mis clientes. Al fin y al cabo, mi cometido es cubrir las necesidades y expectativas de quien me contrata y de quien recibe mis servicios, y n o hay mejor modo de saber si lo hago o no que preguntando.

Hablando específicamente de la satisfacción de los alumnos, el procedimiento que uso y que seguramente resulta más sencillo aplicar sistemáticamente es un cuestionario cerrado con preguntas concretas, cuya respuesta se exprese en forma de puntuación numérica en función del acuerdo o desacuerdo con lo planteado (lo que se conoce como escala Likert).

Ejemplo de escala Likert (tomado de http://www.siafa.com.ar)

En función de nuestros intereses haremos hincapié en unos u otros aspectos, pero encuentro imprescindible tocar los siguientes temas:

  • El formador conoce en profundidad el tema impartido.
  • Sabe transmitir esos conocimientos
  • Ha estado disponible y es fácil acceder a él cuando hace falta.
  • El discurso tiene un ritmo adecuado y el formador es buen orador.
  • Escucha con atención, se esfuerza por entender las demandas y es comprensivo y discreto.
  • Tiene buena actitud: es entusiasta, espontáneo y usa el humor adecuadamente.
  • Sabe ser flexible y desviarse del tema en la medida justa cuando es necesario.
  • Tiene capacidad de síntesis y análisis, da información rigurosa y pertinente.
  • La materia y su presentación están bien organizadas, con claridad, y las sesiones tienen una estructura bien definida.
  • Ha sabido tratar dudas, dificultades y objeciones adecuadamente.
  • La proporción entre teoría y práctica ha sido adecuada.

La escala de puntuación dependerá de lo fino que quieras que sea el análisis. Yo uso una escala del 1 al 5, que encuentro adecuada para mostrar tendencias. Si se diera el caso de que los datos tienden demasiado al medio, puede convenir reducir la escala a 3 puntos para forzar las puntuaciones extremas.
Es conveniente dejar un apartado abierto para comentarios críticos, tanto positivos como negativos, y una pregunta sobre la impresión general del curso y su aprovechamiento. A efectos de nuestro análisis no tendrá demasiada aplicación, pero puede ayudar a despejar dudas. Las malas críticas espontáneas no suelen abundar, así que puede ser interesante pedir expresamente que se indiquen aspectos mejorables de nuestra labor. Eso sí, hazlo al final para que la búsqueda de defectos no sesgue las respuestas al resto de cuestiones (¡especialmente en los cuestionarios oficiales!).
Recordemos que lo fundamental es que las preguntas sean específicas para poder tomar medidas concretas. Una valoración difusa o basada en impresiones globales no nos hace mucho servicio.

La parte laboriosa es trasladar todas estas puntuaciones a una hoja de cálculo para realizar el análisis de los datos. El simple agrupamiento bruto de la información ya resultará revelador, y por lo general se marcarán tendencias claras que podremos ver con facilidad si hacemos una representación gráfica. Un análisis más detallado a lo largo del tiempo tendrá que tener en cuenta las distintas variables que puedan actuar de forma diferente en cada grupo (edad de los participantes, sexo, situación laboral, labores desempeñadas, sector, temática del curso…), pero requerirá también de una toma de datos prolongada para resultar medianamente fiable. Obviamente, cuantas más conclusiones podamos obtener, mejor, pero para la mayor parte de los casos bastará con el análisis visual, a pelo, que nos orientará hacia qué partes de nuestro desempeño debemos dedicar más atención, y quizá más importante, en cuáles podemos apoyarnos con confianza.

El fin último de la formación

Leía el domingo en el suplemento de negocios del diario El País un pequeño artículo titulado “La necesidad de educación financiera” que me llamó la atención. En la situación económica actual, el texto defiende la conveniencia de instaurar algún tipo de formación sistemática de la población en materia financiera, de modo que podamos convertir los riesgos en oportunidades. Es decir, no es posible que la globalización o la innovación tengan un efecto positivo sobre quien no sabe cómo actúan y qué hacer con ellas, y los autores proponen que sean los gobiernos y las instituciones financieras quienes asuman esta responsabilidad.

El fondo de la cuestión me trae a la cabeza el fin último de la formación en todos sus grados, que es crear individuos autónomos capaces de comprender lo que les rodea y tomar decisiones por sí mismos. Creo además que el que un individuo asimile cualquier formación como una fuente potencial de cambio y de mejora de su autonomía depende en buena parte de que el formador tenga claro que esto es así, y facilite tanto el aprendizaje como la toma de conciencia de lo trascendente que este puede ser.

Me gusta que se saque a relucir que falta competencia general en campos básicos para la vida en nuestra sociedad, como economía (aunque quizá desde una perspectiva más crítica y no como un mero manual del economista aficionado), política (en el sentido de participación en la vida pública y comprensión de nuestra sociedad) o resolución de conflictos. Mucho de esto se supone aprendido durante la niñez y la adolescencia (por ejemplo, la política a la que aludía en la educación obligatoria, sea impartida como siempre, de forma transversal, o como una asignatura propia como ahora), pero lo cierto es que nuestro día a día nos muestra un centenar de ejemplos de que no es así.

Ahora que finalmente se asume que la formación no termina con la escolarización, y que el aprendizaje y perfeccionamiento a lo largo de la vida (kaizen, lifelong learning, reciclaje o como se quiera llamar) es necesario, deseable y, de hecho, inevitable, tal vez sería buena idea enfocar nuestras demandas de formación como ciudadanos a esos campos que normalmente dejamos a los expertos. No sé si la vía es la formación en el puesto de trabajo, a través de las instituciones o todo junto, pero nuestro aprendizaje no debe tener como objetivos únicos prepararnos profesionalmente o pasar el rato: Es posible nos sea más provechoso un curso que nos enseña qué hacer con nuestros ahorros que el enésimo sobre Excel o uno de ganchillo.

¡NO! lo hagas


Se puede hablar mucho de las competencias del formador, de qué directrices seguir para dar un buen curso y convertirse en un tutor excepcional, y cualquiera que se dedique profesionalmente a este campo tiene mucho que aprender y que cuidar en este sentido. Sin embargo, en muchas ocasiones, lo que no hacemos habla de nuestra calidad como formadores más aún que lo que hacemos bien. Saber evitar ciertos vicios, hábitos o tendencias durante una sesión presencial hace que la impresión que dejamos sea, como mínimo, correcta. Así pues, he aquí una pequeña (y ampliable, qué duda cabe) lista de qué no hacer:

– Empezar la sesión cuando hay gente que no está atenta o escuchando. Atrae la atención de todos antes de presentarte siquiera, de lo contrario te arriesgas a que lo de estar a otra cosa se convierta en un hábito a lo largo del curso.

– Moverse demasiado. Controla tus paseos arriba y abajo (algo que normalmente hacemos cuando estamos nerviosos) y la gesticulación. Que tu postura corporal no sea de abatimiento o sumisión, procura transmitir seguridad.

Dar la espalda a los asistentes durante una explicación. Es inevitable cuando tienes que escribir algo (a menos que lo hagas a través del ordenador), pero el resto del tiempo intenta mantener el contacto visual con tus alumnos. Si tienes que señalar algo en una diapositiva, utiliza un puntero láser.

– Usar un lenguaje demasiado técnico o demasiado poco técnico, según el caso. Adapta tu léxico al público para asegurarte de que el mensaje llega tal y como quieres que llegue.

– Utilizar un tono de voz monótono y vocalizar mal. Hay gente que, de forma natural, tiende a hablar muy rápido o con la boca entrecerrada; si es tu caso, recuerda que para dar un discurso es importante la forma y la claridad, entrénate para que tu oratoria sea adecuada. Procura igualmente evitar las muletillas y expresiones repetitivas, denotan inseguridad y pueden ser motivo de burla.

– Incluir en el discurso un exceso de chistes o chascarrillos que distraigan la atención. Ojo, porque es fácil caer en esto en algunos cursos si tenemos tendencia a bromear. Ojo además con herir sensibilidades, hay bromas que no proceden. Ante la duda, déjalo correr.

Divagar o perder el hilo. Aunque hay que ser flexible y saber explorar ramas que surjan sobre la marcha, es importante tener un esquema claro de qué secuencia se va a seguir y procurar regresar a él cuando finalice la excursión improvisada.

No reconocer cuándo te has equivocado. A todos nos pasa: no intentes disimular, simplemente corrígete de forma natural.

Estar demasiado pendiente de no hacer todas estas cosas y olvidarte de tu público. Recuerda que lo importante son ellos y el aprendizaje que ha de tener lugar.

Como siempre, la práctica crea al experto, así que averigua si tiendes a caer en alguna de estas (ensayar ante el espejo siempre es revelador, y grabarse en video aún más) y ensaya hasta minimizarla o anularla.

¿Se te ocurre alguna otra costumbre peligrosa? ¿Qué comportamiento poco apropiado detestas más en un formador?

Un paso más en la interactividad

Hoy, después de una mañana inmerso en temas relacionados con la formación in company, he tenido noticia (thanks Irmeli Aro!) de un nuevo giro experimental en el e-learning, de nuevo de la mano del ínclito Stephen Downes. Lo llama «Curso RSS en serie» (serialized RSS course), y lo define como un curso al que puedes suscribirte cuando quieras y cuyas entregas te irán llegando en los siguientes días y semanas a través de RSS, siempre desde el inicio e independientemente del momento en que te hayas suscrito.

Para que sea algo más que simple distribución de contenidos, los feeds incluyen enlaces a recursos externos e imágenes o videos integrados, pero sobre todo, y esta es, a mi juicio, la característica más sobresaliente, la participación de los alumnos también se distribuye, generando sus entradas para el feed y aportando ampliaciones al material, sus propios blogs o artículos, recursos adicionales o ejercicios prácticos resueltos.

Aparte de las aplicaciones en cualquier curso e-learning, me parece especialmente interesante para programas de formación in company (y quizá más aún la de tipo informal, con un buen dispositivo móvil que lea RSS) en los que las nuevas incorporaciones a la plantilla de la empresa pueden acomodar su formación básica a su propio calendario, sin depender de agendas de grupo, a la vez que aprovechan el trabajo de sus predecesores y aportan calidad para si mismos y los que vengan detrás.

Imágenes

Hace un mes más o menos que sigo un blog especialmente llamativo: The Big Picture. Con un nombre que no engaña a nadie, recoge fotografías de actualidad y las cuelga en alta resolución para disfrute del público y acelerando dramáticamente la rotación de los fondos de escritorio del mundo (las primeras semanas fueron un ansioso ir y venir de wallpapers en mi monitor, a medida que una imagen espectacular era sustituida por otra). Trata de ser lo más aséptico posible, limitándose a las fotos con un breve pie en el que describe la acción retratada sin pronunciarse demasiado.

Y sin embargo, los comentarios que suscitan sus entradas no son nada asépticos. Surge el debate, la polémica, la discusión agresiva, las acusaciones de partidismo, las adhesiones inquebrantables y las quejas ofendidas. La imagen no es inocente, y no hace falta más que eso para poder desarrollar todo un intercambio de ideas, de opiniones, una construcción de significados y, probablemente, un cambio de perspectiva en más de un visitante.

Esa es la filosofía que me gusta tener en mente cuando preparo un curso en el que voy a usar presentaciones. Igual que el conocimiento se construye haciendo, la comprensión y las explicaciones pueden desarrollarse a partir de imágenes ilustrativas de conceptos. Es más, cuanto menos texto usemos más atención tendremos por parte de nuestra audiencia, que no estará ocupada leyendo o -peor aún- copiando lo que aparece en pantalla mientras se pierde lo que sea que tenemos que decir.
Una buena selección de imágenes permite fijar con mucha más efectividad las ideas básicas que queremos transmitir. Sabremos que ha sido una buena selección cuando nuestros alumnos son capaces, al final de la sesión, de evocar de memoria al menos la mitad de las diapositivas que han visto, y recordar algo relevante relacionado con cada una.

Sobra decir que esto sólo es posible cuando hay una adecuada preparación previa del contenido. Y por supuesto habrá ocasiones en las que nos sea imposible no apoyarnos en una lista o un ejemplo, pero garantizaremos que no será más que lo imprescindible si fijamos nuestra aspiración en presentar la máxima cantidad de contenido con el mínimo de texto.

A caminar se aprende andando


Cuando planeamos el diseño de un curso hay una tendencia automática a enfocar nuestra actuación tal y como hemos visto que se hace durante toda la vida, a través de la exposición de la materia por parte del experto (el formador) a una audiencia de no expertos. Este procedimiento, aunque es inevitable en algunos momentos, no es deseable ni óptimo para conseguir que los asistentes al curso asimilen lo que se supone que deben aprender.

Podemos recurrir a una charla expositiva cuando nuestros alumnos necesitan conocer determinados conceptos teóricos que sienten las bases de un conocimiento práctico o cuando no hay tiempo para más, pero en cualquier cosa más extensa que una conferencia el foco debe estar en la práctica. Al fin y al cabo, el objetivo último de nuestra labor es que esas personas terminen nuestro curso con algunas habilidades que antes no tenían. No es necesario que se trate de algo observable, como aprender a utilizar un programa o a hablar un idioma, sino que puede ser algo tan etéreo como aprender a ver de otro modo las relaciones con los compañeros de trabajo; la clave está en que se trate de algo que antes no sabía hacer, y ahora sí. Y la clave está en el verbo «hacer».

Podemos hablar hasta el infinito acerca de cualquier tema, y nuestros oyentes pueden atendernos con todo el entusiasmo del mundo, pero si no les damos la oportunidad de poner en práctica el nuevo conocimiento, no habrán aprendido nada. Por eso es conveniente que toda la estructura enfocada a la formación de profesionales, desde los planes de formación (porque hay cosas que, por ejemplo, no pueden ponerse en práctica a través de e-learning, y esto hay que tenerlo en cuenta) a los temarios específicos y, por supuesto, las acciones formativas, dejen hueco a la manipulación, la práctica, la experimentación, el aprendizaje real.

No existe nada parecido a una habilidad teórica: si existe es porque sabes usarlo, sea un móvil o una estrategia para resolver sudokus. Por tanto, aunque tu próximo curso sea sobre ventas, gestión de equipos o cualquier otro campo poco tangible, deja hueco a la práctica. No se trata de aparcar la teoría, sino de convertirla en ejecución: en lugar de enumerarles técnicas de venta, ponles a vender y luego diles cómo mejorar. En lugar de hablarles sobre cómo motivar a un equipo, que hagan su mejor esfuerzo en una simulación, y luego revélales cómo hacerlo mejor. En lugar de explicarles cómo hacer una buena gestión del tiempo, ponles a elaborar una agenda, y luego corrígeles en lo que puedan perfeccionar.

Como siempre, un experto puede expresarlo mucho mejor que yo:

La importancia de los detalles

Siguiendo una de esas rutas bizarras que llevan saltando de enlace en enlace a los sitios más inverosímiles, encontré en youtube (que últimamente uso como motor de búsqueda directo, sin pasar por Google, y me está dando muy buenos resultados) este video de Graciela Garzón sobre el vestuario de un profesor:

Vale, es corto, no dice mucho y se centra en lo más básico del vestuario femenino, así que como ayuda para vestirse con una clase en mente aporta lo justo. Pero me ha gustado los motivos que aduce para recomendar el tipo de ropa: un profesor debe transmitir con su imagen tres cosas: conocimiento, seriedad y accesibilidad.

El conocimiento se transmite a través de una imagen de confianza en uno mismo. Lleves la ropa que lleves, compórtate como alguien que sabe lo que hace, y muestra curiosidad por las cosas (uno no llega a hacerse sabio si no es curioso).

La seriedad es imprescindible para iniciar un curso con buen pie a menos que seas una eminencia respetada. En muchas ocasiones hay que meter en cintura a algún asistente forzoso, y una imagen digna ayuda bastante.

En cuanto a la accesibilidad, uno no lo está haciendo bien si no hay interacción. Si tus alumnos no se dirigen a ti durante una clase, es que estás monologando, no formando. Invítales desde el principio a hablar libremente, y muéstrate receptivo a todo lo que dicen y hacen desde que entran por la puerta.

Soy más de la opinión de que esas características de un formador se aprecian cuando lleva hablando diez minutos, independientemente de su vestuario (para muestra, un interesantísimo botón), pero la imagen te vende desde antes de que abras la boca, y puede predisponer a tu audiencia en tu contra o a tu favor. No subestimes la importancia de los detalles, porque sumándolos llegas al conjunto. Y dado que nunca podemos controlarlos todos, es importante tener atados unos cuantos para poder compensar un posible efecto negativo de los que se nos escapan.